miércoles, 6 de mayo de 2020

Como los perros de Pavlov


Al principio de esta temporada no quería, y tampoco podía escribir. La orden de distanciamiento social poco antes del único tiempo en que la sociedad guatemalteca converge en las calles, borrando por unos días la brecha de clases, fue un mazazo; y si a eso le sumamos el temor que provocó el riesgo de infección apenas por cruzar palabras con cualquiera, fue una menjurje muy difícil de tragar (ojo que el riesgo sigue latente, incluso más que hace dos meses, aunque algunos imprudentes, incluso al más alto nivel del país, insistan en minimizarlo). 
Hoy no sé si estoy mejor o simplemente más habituado a la nueva rutina. Hemos aprendido, en forma obligatoria, a poner distancia con el otro, negando el contacto cara a cara. Al final de todo esto, siendo seres sociales, no debería ser difícil cesar la pausa y retomar los vínculos.  Pero si a esto le agregamos la desconfianza del otro, tan natural en los guatemaltecos como lastre heredado de la colonia y de los años de guerra, que nos ha convertido en una sociedad distante y desconfiada, ni hablar.
A veces veo que somos como los perros del científico ruso Iván Pavlov, famoso por sus experimentos sobre el reflejo condicionado. Pavlov premiaba a sus perros con un plato de comida por su buena conducta y los castigaba con un toque eléctrico por cualquier violación a las reglas: en nuestro caso el premio será la reapertura de los centros comerciales y centros nocturnos, y el castigo vendría por insistir en saludar con la mano, dar un abrazo o besar la mejilla (ni pensar en besos en la boca u otras concupiscencias). Esto provoca desde hace dos meses, además de la reprobación y alarma por parte del otro, cargo de conciencia por haber infringido las nuevas leyes de sanidad.   Y mientras más tiempo pasemos en este estado, más va a enraizarse en nosotros el condicionamiento y más nos va a tomar para desaprender el nuevo código aprendido a la fuerza.  O sea, seremos todavía menos sociales y menos afectuosos con el otro.   

viernes, 1 de mayo de 2020

El nuevo orden mundial


Al principio de esta temporada me resultaba difícil quedarme en casa, y a pesar del riesgo de mi profesión, me sentía (y sigo sintiéndome) afortunado de seguir activo. De hecho, yo sé poco o nada del encierro; lo he hecho solo en la tarde y noche de los días hábiles y algunos fines de semana, pues mis mañanas (y algunas noches) han sido de una tensión bárbara. Me hubiera resultado muy difícil pasar todo el día sin salir, y siempre estaba buscando pretextos para visitar la tienda de la esquina:  comprar alguna fruta, cebolla, huevos, agua con gas o un chocolate se convertían en obligaciones ineludibles. 

         La adaptación al nuevo orden mundial era cosa de tiempo, y ahora el pantalón de pijama, las camisetas promocionales y el suéter viejo para dormir se han convertido en mi segunda piel.  Ya no echo de menos la calle y cualquier trapo viejo me viene bien. Solo pensar que salir implica, a la vuelta, sacarme toda la ropa, ir directo a la ducha, desinfectar las llaves, el teléfono, el dinero y cualquier objeto que traiga, me gana la pereza y prefiero seguir oteando la vida desde mi ventana. De hecho, la retoma de mi blog responde a esta nueva existencia intramuros.

Varios amigos me sugirieron, desde siempre,  escribir en el blog estando de viaje, para contar lo que veía o escuchaba andando lejos.  La idea era tentadora, pero siempre consideré más productivo callejear, conversar, conseguir el ángulo para una foto o buscar novedades en librerías de viejo.  Lejos de casa, siempre prioricé la vida extra cerebral, como le llamo yo, por encima de la intracerebral.  Confiaba en que, tarde o temprano, podría sentarme a la máquina y teclear sin apuro. Hoy tampoco es que me abunde el tiempo, pues el trabajo me obliga a leer actualizaciones todos los días (hablo de novedades diagnósticas o terapéuticas y no de cifras: estas son y seguirán siendo un lastre) y sigo viviendo contrarreloj; mi trabajo me exige estar muy al día, pero de algún modo trataré de robarle unos minutos.

Noche de jueves


Jueves, cinco y cuarenta de la tarde.  Salgo del hospital y vuelvo a casa de prisa para que no me atrape afuera el toque de queda. En el camino hay un par de jacarandas que alfombran de lila el asfalto, como si no saben del momento que vivimos ¿Acaso ignoran que abril terminó y que deberían dejar de florear?  ¿No se dan cuenta de que el atardecer brillante es suficiente para hacernos babear por una cerveza con los amigos? ¿O si, aprovechando que mañana es viernes feriado, viajáramos a la playa para ver más de cerca la puesta de sol?  ¿Vamos a desquitarnos alguna vez las ganas de tantas cosas que nos hemos tragado durante estas semanas?
            Entro a casa a las seis menos diez.  Mientras me saco la ropa, me baño y me pongo la pijama, se hace de noche.  Me preparo alguna cosa rápida para comer y hojeo los diarios (cada día más raquíticos) recorriendo las páginas en diagonal.  Se me va el tiempo y sobre las nueve me llama la atención un ruido en la calle.  Dejo de lado el diario y aguzo el oído.  Son tacones caminando de prisa.  Quiero curiosear, pero no me animo. Me siento invadido, como Robinson Crusoe al descubrir las huellas en su isla. Son dos voces femeninas charlando y riendo en voz alta.  Las oigo alejarse.  Salgo al balcón y han doblado en la esquina. Me arrepiento de no haber salido antes. Quizás accedían si las invitaba a subir a mi departamento y beber algo.  Podría ser una oportunidad irrepetible en mucho tiempo. ¿Eran reales o solo alucinaciones?  ¿Existen todavía muchachas callejeando una noche antes del fin de semana largo? 

jueves, 10 de octubre de 2019

NOTAS SOBRE HERMAN MELVILLE



La muerte de Edgar Allan Poe en 1849 es un parteaguas, haciendo ver que, en Estados Unidos, la primera mitad del siglo XIX había estado reservada para el cuento y que la segunda sería para la novela. En 1850 Nataniel Hawthorne, ya consagrado, publica La letra escarlata, y ese mismo año conoce a Herman Melville. El alumno recibe la estafeta y asume la responsabilidad publicando, en forma consecutiva, Moby Dick (1851), Pierre o las ambigüedades (1852), Bartleby el escribiente (1853), Las encantadas (1854) y Benito Cereno en 1855.  Tanto trabajo le pasa factura.  Al año siguiente vuelven a encontrarse en Liverpool, Inglaterra, y Hawthorne anota en sus diarios que le preocupa “el estado enfermizo de la mente” de Melville. No volverán a verse. 
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Más allá de todo lo que pueda encontrarse en los textos de Melville, lo más destacable es su ritmo de trabajo.  Empezó la escritura de Moby Dick en febrero de 1850 y logró publicarla a mitad del año siguiente, primero en Inglaterra como The Whale, y un mes más tarde en Estados Unidos con el título definitivo.  Defraudado por no conseguir el efecto que esperaba y por ser catalogado como un libro blasfemo, en el otoño del 51 empieza,  con más ambición, Pierre o las ambigüedades. Aquí busca ahondar en la psicología de sus personajes, y al terminarla está convencido de que esta vez sí se trata de una obra notable. La reacción es la peor posible: la primera reseña en el New York Day Book tiene un título demoledor: “Herman Melville loco”. Algunos críticos podrían validar hoy el adjetivo lapidario para calificar una novela que para algunos es la perla oculta del autor, pero para la mayoría resulta pueril, incestuosa y desbordada, que recuerda a Los dos templos, su primer cuento, publicado en 1839. 
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Billy Budd, obra inconclusa y de publicación póstuma (1924), presenta a Billy, acaso el personaje más entrañable de Melville después de Bartleby. Este describe al capitán del barco como “un lobo marino que a pesar de toda la dureza y el peligro de la vida naval, nunca ha perdido el instinto natural del disfrute sensible”.
Según avanza, la historia va introduciendo personajes, oscuros la mayoría, que se aprovechan de la bondad de Billy hasta llevarlo al desastre.  La muerte súbita de Claggart por una imprudencia de Billy, el juicio basado más en la moral que en los hechos, pero sobre todo la luna llena que acompaña al condenado en sus reflexiones previas a la pena de muerte, parece inspirar a Albert Camus para concebir a Mersault, otra víctima de un juicio hipócrita en El Extranjero.
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Bartleby, “el más triste de los hombres”, hechiza al lector jamás olvidaré el escalofrío que me produjo la primera vez que la leíy a los personajes de la historia.  Hay un fragmento memorable donde tanto el abogado que contrata al escribiente, como Nipers y Turkey, sus asistentes, ríen y se enfurecen al mismo tiempo tras reconocerse dominados por la jerga de Bartleby, repitiendo diez veces en una misma conversación el verbo favorito del escribiente (preferir: rather en inglés). 
Bartleby, en su inexplicable e incomprensible tragedia, prevé la soledad y el desahucio que ocuparán el alma del hombre en los siglos XX y XXI, que intenta sin éxito paliarse con los placebos mentales que nos desbordan en la actualidad.
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En una carta fechada el 1 de junio de 1851, Melville se lamenta no poder concentrarse a trabajar en su Ballena ─nombre que daba al borrador de la que sería su obra más famosa─, al tiempo que ha pasado tanto tiempo dedicado a lo que, prevé, será otro estropicio, por culpa de su afán por escribir “un libro moderno”. 
Escritor asiduo de cartas durante toda su vida por desgracia solía quemarlas y solo se conservan trescientas, se excusa con su hija por la mala caligrafía, producto del balanceo del barco en el que escribió muchas de ellas a lo largo de sus viajes en los que, opuesto al intelectual neoyorquino actual, tuvo ojos para América Latina ─sus textos repasan estancias en las Islas Galápagos, Tierra del Fuego y en las costas de Río de Janeiro, Valparaíso, Lima y México─, aunque la mala letra también puede atribuirse a la embriaguez que dominó la mayor parte de su vida. 
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Para Harold Bloom, Moby Dick abre la saga de la tragedia reversionada en Estados Unidos, seguida por Mientras agonizo de William Faulkner y Meridiano de sangre de Cormac McCarthy. Aquí cabe todo:  relato de viajes, evocación bíblica, tragedia clásica, crónica del descubrimiento homosexual, manual de taxonomía cetácea, disertación en tono profético, alegato contra las religiones, canto a la supervivencia ante la adversidad inexorable, así como elegía a lo poco de humanidad que aún queda en el ser humano. Y en su estructura brinda cátedra sobre la cadencia para alternar frases largas y cortas, al tiempo que sirve de manual sobre cómo utilizar con precisión el punto y coma.  Exagerada desde el arranque con sus setenta y nueve epígrafes, y capaz de soportar todas las lecturas y simbologías posibles, toda la historia converge hacia una alegoría de la relación filial del mal entre el capitán Ahab y la ballena: “Acumulaba sobre la blanca joroba la suma de toda la rabia y el odio generales sentidos por su raza entera desde Adán” (capítulo XLI).
Más allá de todas las interpretaciones, Melville resulta visionario dentro de su propia novela.  A pesar de la zozobra económica, emocional, familiar, laboral y alcohólica que lo embargaba mientras escribía, en el fondo estaba consciente del calibre de la obra que tenía entre manos. De reojo nota un vacío histórico y se inserta a sí mismo (capítulo XXIV) para ocuparlo en la historia de la literatura: “Dirán que la ballena no tiene autor famoso y que su pesca carece de un famoso cronista”.

Publicado en El Acordeón el 11 de agosto de 2019.

JUAN JOSÉ ARREOLA: CIEN AÑOS DE VERBOCRACIA



Juan José Arreola nació en Zapotlán, Jalisco, el 21 de septiembre de 1918.  Su infancia estuvo permeada de la guerra cristera, que lo alejó de las aulas y lo obligó a tener varias ocupaciones desde muy joven: aprendiz de imprenta, vendedor ambulante, periodista, cobrador de banco y panadero, entre otros.
Al final de los treintas se muda a París como estudiante de teatro, compartiendo con maestros de la talla de Jean Louis Barrault y Lous Jouvet. Después de unos meses se siente insatisfecho y vuelve a México para dar paso a una de sus etapas más floridas al fundar el centro cultural Casa del Lago, donde se dedica de lleno a los talleres de literatura.  Por aquí pasarán los futuros talentos de las letras mexicanas: Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, Fernando del Paso y Carlos Monsivais.
            En 1943 funda la revista Eos  donde publica su primer cuento: “Hizo el bien mientras vivió”.  Luego se emplea como corrector en el Fondo de Cultura Económica, que le brinda una beca que le permite escribir sus primeros dos libros, Varia invención en 1949 y Confabulario en 1952.
            En 1958 funda la colección Cuadernos del unicornio que da a conocer a Sergio Pitol y a José Emilio Pacheco.  A éste último le dicta a contrarreloj los cuentos de Bestiario, quizás su libro más famoso, para no fallar ante un proyecto largamente planeado y que ya contaba con una serie de cromos que esperaban por su texto.  Este volumen deriva del enamoramiento que tuvo desde su infancia con el mundo animal y encuentra parentesco con obras poéticas del continente como Arte de pájaros de Pablo Neruda y El gran zoo de Nicolás Guillén, pero también en la narrativa con otro Bestiario (éste de Julio Cortázar),  La Oveja Negra de Augusto Monterroso y Manual de Zoología Fantástica de Jorge Luis Borges.  A partir de la observación de los caracteres tanto de cada especie como del ser humano, Arreola desafía las leyes de la naturaleza y las reinventa con un gozo verbal de alto calibre,  al tiempo que hace parodia de los impulsos, anhelos y temores del ser humano (Léanse “El Oso”, “La Boa”, “La Cebra”, “La Jirafa” y sobre todo “Los Monos”).
La relación con Borges merece mención aparte.  Además del gusto de ambos por las civilizaciones antiguas y las referencias ocultistas, y de ser los humoristas más elegantes de la literatura latinoamericana del siglo pasado (basta buscar a cada uno en internet y en todas las fotos ambos aparecen con saco y corbata), se profesaron admiración mutua.  El argentino viajó a México en 1978 y pidió reunirse con Arreola.  Se vieron dos veces durante ese viaje, y existe una grabación sobre la charla entre ambos.  Luego Borges, —quien describía al mexicano como dueño de “una ilimitada imaginación regida por una lúcida inteligencia”—publicó una antología de sus cuentos en su Biblioteca personal, prologándola y destacando “El guardaagujas” y “El prodigioso miligramo”. Arreola, por su lado, define al argentino como “un humorista de buena ley” quien “halló una nueva dinámica de la sintaxis castellana”.
Octavio Paz lo consideraba un poeta, al punto de incluir siete textos suyos en su antología Poesía en movimiento, México  1915-1966 (“Elegía”, “La Caverna”, “Telemaquia”, “Dama de pensamientos”, “El sapo”, “Cérvidos” y “Metamorfosis”). El futuro Nobel consideraba que Arreola “había escrito verdaderos poemas empresa, cargados de fantasía, humor y el elemento poético por excelencia, el elemento explosivo: lo inesperado”.  
Algunos llamaban a Arreola el “Verbócrata”, apelativo que lo define con precisión pues después de agotar la palabra escrita a través del cuento y el microcuento, la novela, el texto apócrifo, el diario ficticio, el falso folleto comercial y el teatro, saltó a la oralidad hacia la declamación, conferencias,  y terminó utilizando la televisión como una extensión de su obra para conversar tanto de ciclismo o de tenis como de literatura.  
Su principal mérito fue liberar a la narrativa Mexicana de los años cuarenta de la impronta combativa de la revolución, alejándola del nacionalismo y redirigiéndola hacia la fantasía a partir de su imaginación que se embebía de textos bíblicos, del contacto con los animales y de una reflexión perenne sobre los problemas imperecederos del ser humano, para reflejarlos con ironía y mucho humor.  Toma distancia de otros dos jaliscienses reconocidos: Mariano Azuela y la literatura comprometida y Juan Rulfo. Con éste comparte temática, pero Arreola, alejándose del misticismo rumoroso que caracteriza al autor de El llano en llamas, escribe a partir de papeles sueltos que acumuló desde la juventud La Feria, su única novela, cargada de denuncia en favor de los desposeídos, en formato fragmentario y polifónico donde toma prestada la voz de su padre como hilo conductor. 
            Un buen primer contacto con Arreola puede darse en la imperdible antología “Por favor sea breve” de Clara Obligado. Hay dos cuentos suyos que, a pesar de su microextensión (el más largo llega a 19 palabras), son demoledores como éste Cuento de horror: “La mujer que amé se ha convertido en fantasma.  Yo soy el lugar de las apariciones”.
            Además del humor ingenioso que lo vincula con Borges, Arreola comparte también el desconcierto y la incomprensión que emanan los diarios del peruano Julio Ramón Ribeyro (“pertenezco al orden de los que están en el mundo y que sienten el terror de irse sin entenderlo y sin entenderse”), así como la saudade que caracteriza a Fernando Pessoa (“en el fondo no sé quién soy y me escondo tras una muralla de palabras”).
            A pesar de declararse lector devoto de Cervantes, Dostoievski, Kafka, Rilke, Proust y Rubén Darío, nunca dejó de definirse como “cuerpo y alma de pueblerino mexicano”, y condenaba el desarrollo intelectual a costa de la atrofia manual al decir que “no hay objeto sin sujeto”.          Fue profeta al desconfiar de las comunicaciones al postular que de nada servirían todos los medios modernos si  no producían “un diálogo auténtico entre hombres y mujeres”, y previó que “estamos a un paso de ser hombres, pero nunca damos ese paso”. 
            Abundan los testimonios sobre su generosidad y respeto como docente y tallerista literario, pero no vacilaba cuando tenía que ser crítico.  Lo hizo con Carlos Fuentes, a quien después de publicarle su primer libro en 1954 Los días enmascarados, consideró que había errado al tratar de seducir a públicos norteamericanos y europeos con el hechizo de lo mexicano. 
            Fuera de las letras, su pasión fue el ajedrez, aunque él lo consideraba tanto dolencia como consuelo, pues sufría cada vez que sin poder evitarlo, volvía a recibir el Jaque Mate al pastor, pero también apagaba sobre el tablero blanco y negro sus penas de amor.  
Recibió el Premio Nacional de Letras en 1979, el Juan Rulfo en 1992, el Alfonso Reyes en 1997 y el Ramón López Velarde en 1998.  Murió el 3 de diciembre de 2001.


Publicado en El Acordeón el 23/9/2018.
           

jueves, 8 de noviembre de 2018

LATINOAMÉRICA A VEINTE AÑOS DEL MITCH


Hace veinte años, justo entre finales de octubre y principios de noviembre del 98, fue la primera vez que sentí miedo de la naturaleza: nunca había visto llover tanto. La explanada que queda detrás del mercado municipal de mi ciudad, La Antigua Guatemala, era una piscina color chocolate que, sin respetar la calzada intermedia, se fundía con los campos municipales de futbol que el huracán Mitch había convertido en instalaciones de polo acuático.  
            El cielo estuvo gris durante una semana. La lluvia se adueñó de amaneceres y atardeceres sin dar tregua para que se colara un rayo de luz.  Fue el comienzo triste de mis penúltimas vacaciones de secundaria, pues ese año no hubo ascenso a las montañas cercanas, tampoco paseos en bicicleta ni partidos de futbol hasta hacerse de noche.  La prohibición de salir a la calle si no era necesario estaba en la prensa, en la radio y en la boca de todos los adultos, pero no en la televisión porque muchas antenas, incluyendo la de mi casa, cayeron destruidas por las tormentas.
            Aún recuerdo la cantidad de colchones, juguetes y cachivaches que eran arrastrados por la corriente y que se acumularon en la plazuela de San Felipe, al norte de la ciudad.  El tránsito de vehículos era limitado, y salir a pie era una aventura pues, para cruzar de una acera a otra, era inevitable sumergir, por lo menos, la mitad de la pierna y arriesgarse a ser arrastrado.  Mi hermana menor y yo salimos de casa al tercer día de encierro para saciar la curiosidad.  Caminamos varias cuadras, y al intentar cruzar la calle debimos detenernos. Esa tarde, inmóviles bajo la tormenta y parados sobre la acera, supimos qué era una catástrofe.
            Con los días, la lista de muertos en las comunidades más afectadas creció hasta el infinito (no por ser incontables sino porque en mi país, cuando hay un desastre, entendemos que si no podemos contabilizar a los vivos, menos a los muertos). En respuesta a la destrucción que provocó Mitch en el triángulo norte de América Central (de moda otra vez, por desgracia), el gobierno de Cuba envió contingentes de médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud para apoyar a las comunidades afectadas.
El tiempo mejoró, las vacaciones terminaron, volví a la escuela y un año después, al final del bachillerato, estaba listo para ingresar a la facultad de Medicina en la Universidad. Unas horas antes de la ceremonia en la que recibiría mi diploma de secundaria, salí a caminar con mi padre y encontramos a un amigo suyo. Le conté de mis planes y me habló de las becas para hacer la carrera en Cuba. Entonces supe que en marzo de ese año (1999), para garantizar la presencia a largo plazo de mano de obra calificada en las zonas vulnerables, el gobierno cubano había creado la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), que en casi dos décadas de existencia graduó en forma gratuita a más de veinte mil médicos, tanto para América Latina, como para Estados Unidos, el Caribe, Asia y África. Poco después reuní mis documentos, me sometí a una serie de exámenes, y tres meses más tarde viajé  para ser parte del mayor laboratorio educativo y social que ha existido en este lado del mundo.
            Ya en la isla nos agruparon por aulas de veinte alumnos, en los que había, por lo menos, uno o dos de cada país del continente y también de Guinea Ecuatorial, el único país africano de habla española. En ese caldo heterodoxo, además de aprender de cascadas bioquímicas, de los tipos de articulaciones que posee el organismo y de las tinciones para ver en el microscopio los cortes de tejido humano, conocí, entre muchos otros personajes de la región, a Juan Rulfo y a José Martí; y tras la lectura de Diles que no me maten y Nuestra América, empecé a ver que mi país era mucho más de lo poco que había conocido en mi adolescencia, al tiempo que comenzaba a tener nociones de qué significa ser latinoamericano. 
            El pensum se enfocaba en  formar al profesional básico, cuya atribución en un sistema dispensarizado es prevenir cualquier daño a la salud y detectar los riesgos antes de que se conviertan en problemas.  Esta visión no encaja en los sistemas sanitarios de muchos  países del continente, donde la proyección preventiva no existe y el médico debe ser un apagafuegos puramente curativo, luchando contra la carencia de políticas públicas, las limitaciones del presupuesto, el hacinamiento en las instalaciones, la escasez de insumos y a veces incluso contra la población: hay sitios donde no suele verse a un médico, por lo que cuando llega un recién graduado, inexperto por su juventud e ignorante de la concepción salud/enfermedad de nuestros pueblos originarios, choca contra un muro de piedra.
De ahí que hoy, a veinte años de la inauguración de la ELAM y a casi quince de la primera graduación, hay médicos nativos trabajando en comunidades donde nunca hubo uno, o si lo había, era un par de días a la semana, sin hablar el idioma local y ajeno a la cultura de la zona. Y mientras el intercambio entre colegas de diversos países enriquece la medicina a nivel global, el emparejamiento natural que se produce en cualquier grupo humano ha propiciado que haya médicos costarricenses trabajando en el nordeste de Brasil, guatemaltecos en la Araucanía al sur de Chile o en Pando, en el interior de Montevideo, así como peruanos en Belice, nigerianos en Bolivia o guineanos en El Salvador. Además, hay muchos otros que han logrado ubicarse, primero para continuar su formación y luego como docentes en Europa y en Estados Unidos. Y ni hablar de la herencia: todo esto ha producido niños paraguayo/hondureños, uruguayo/colombianos, ecuatoriano/ brasileños, argentino/cubanos y en muchas otras combinaciones.
Uno puede estar a favor o en contra de la línea del gobierno cubano, y puede incluso criticar el supuesto adoctrinamiento que recibimos durante nuestra formación (es falso: cada estudiante decidía si quería o no involucrarse en las organizaciones de masas de la isla y participar en las movilizaciones del gobierno), pero dado el fracaso que reflejan los sistemas de salud de los países libres del continente, ¿quién puede lanzar la piedra contra el modelo de la medicina cubana y contra el hecho de que, en alguna medida, se extienda por toda América Latina y un poco más allá? 






viernes, 15 de junio de 2018

VIERNES CELESTE


El otoño es áspero en Montevideo. El cielo, casi siempre gris, aloja al sol huraño que no puede contra los nudos de nubes que se amontonan y que, ajenos al pronóstico de un día seco, dejan caer chubascos que aguzan la sensación térmica hasta muy abajo. Es fácil sentir que uno camina entre las páginas de cualquier historia de Juan Carlos Onetti, con el horizonte insípido y con el alma colgando de los bolsillos húmedos, sin un ápice de cielo azul al levantar la mirada.
                 El color celesteempoderado del ambiente desde hace meses, compensa el sinsabor del cielo: camisetas, pañuelos, bufandas, gorros, guantes, ropa de mascotas, autobuses tapizados y banderas de todos tamaños —desde las pequeñas que adornan los techos de los autos, las medianas que cubren la espalda de los aficionados hasta las enormes que cuelgan de los ventanales y los edificios— contagian la fiebre futbolera que se burla del frío que anda por las calles. 
             Hasta ayer, el tiempo estuvo encapotado; hoy viernes, como si el gerente del cielo hubiese coordinado una maniobra con los dirigentes deportivos y de las principales empresas del país —desde los medios de comunicación, la cerveza y los vendedores de autos—, el sol brilló desde temprano porque Uruguay debutaba en el mundial de fútbol.  A las nueve, hora del juego, Montevideo se convirtió en un cementerio.  El silencio gobernaba las calles.  No había peatones, no se veían buses y los semáforos, cuyas luces eran la excepción al color de la temporada, titilaban a solas. Yo no vi el partido por televisión pero lo seguí por radio mientras caminaba por el barrio.  Al principio todo era confianza en el colmillo del equipo, pero a medida que el reloj caminaba, la tensión aumentaba y el gol no llegaba. El narrador iba perdiendo compostura, cayendo en ocasiones en un lenguaje impropio para la radio.  El tipo le pedía a Dios el regalo, le suplicaba, pero el arquero egipcio era enorme y crecía con cada atajada.   Poco antes del final se marcó una falta favorable a Uruguay en la zona del tiro de esquina.  Minuto ochenta y nueve.  El árbitro mantenía congelada la pelota.  Los defensores egipcios no le obedecían en guardar la distancia para formar la barrera.  Y así, con la pelota parada como es frecuente para los celestes —que hoy jugaron de blanco, llegó el gol.  Entonces, mientras el comentarista empeñaba la garganta en el grito más esperado y que, como siempre que anota el equipo al que apoyan los locutores, duraría mucho, yo me quité los audífonos.  Escuché cohetes, gritos, silbatos, tambores, ollas, trompetas y una maraña de ecos que no identifiqué pero que paliaban la tensión acumulada desde la eliminación en octavos de final del mundial de Brasil hace cuatro años. Anotar a esas alturas del partido significaba la victoria.
            El árbitro silbó el final. Era un mediodía soleado aunque frío, pero solo por fuera; por dentro, la gente sonaba las bocinas de los autos y hervía por la victoria, dejando ver sonrisas que justificaban —por hoy al menos— dejar de lado muchos asuntos a nivel personal, familiar y nacional para lanzar el grito de  Uruguay nomá.