El
examen físico es una herramienta insustituible en la práctica médica. Puede sonar arcaico en este mundo tan atado a
la tecnología, pero tres de cada cuatro diagnósticos provienen de una
entrevista y una exploración adecuada en el paciente, aunque siempre hay
rarezas, desde luego: cuadros infrecuentes de pacientes que “no leen el libro”
y que expresan las enfermedades como se les antoja, y no como el médico espera. Esta
regla, que aparece en todos los libros clásicos de semiología y de medicina, parece
romperse en el contexto actual. Más allá
de que los síntomas descritos y repetidos hasta el cansancio son fiebre, tos
seca y dificultad para respirar, las sorpresas existen.
Cada día veo más pacientes consultando
por problemas respiratorios, y a veces yo decido quién pasa a hisopado para detectar
el virus y quién recibe tratamiento para otra infección. Algunos acuden con deterioro clínico
importante que me hace sospechar que serán positivos, y resulta que no; y otros, que veo tranquilos, sin mayores síntomas y a quienes he enviado a hisoparse más
por insistencia o para evitarme líos administrativos, resultan positivos, algunos (quizás la mayoría) como portadores que nunca van a desarrollar la enfermedad.
Uno de los
mayores desafíos que presenta este virus es su alta replicación en la mucosa nasal,
y por ende su enorme capacidad de transmitirse aun sin que la persona muestre síntomas. Esto no se había visto en otros virus de la
misma familia ni tampoco en la influenza, letal desde siempre y que volverá a
hacer estragos en la salud pública cuando pase este temblor.
Además de muy transmisible y apenas
generar sospecha clínica, el corona tiene otra faceta feroz: el deterioro súbito
en los casos que tienen enfermedades asociadas.
He visto pacientes positivos a las nueve de la mañana, con hallazgos
físicos normales, que en seis horas desarrollan insuficiencia respiratoria y
deben conectarse a un respirador, con desenlace fatal a veces.
Muchas veces a los médicos se nos confunde con
adivinos que debemos predecir qué pasará a qué hora con cada paciente, y es algo
que escapa a cualquier colega, por más estudios o por más colmillo que haya
adquirido con los años. Y ahora, más que nunca, la decisión se hace difícil, y cada vez que envío a casa un paciente con otro
diagnóstico me deja una pelota atorada en la barriga.
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